domingo, 27 de mayo de 2012

Foucault. La muerte del hombre y las ciencias humanas.

M. Foucault

Continuando con el bloque dedicado a la obra Las palabras y las cosas, del francés M. Foucault analizaremos un concepto originario y propio de la episteme moderna y del que hicimos mención en la entrada anterior: “las ciencias humanas”. Estas las podemos definir como aquellas que surgen, y se configuran, en torno al ser humano y aparecen como análisis que completan el conocimiento que nos aportan el resto de saberes; las “ciencias físicas” (matemáticas, química, física, biología,…). Estas, como sabemos, conciben al ser humano al modo positivo. Es decir, como un ente susceptible de conocimiento del que podemos obtener información objetiva. Buscan, en definitiva, un conocimiento claro y eterno. Así, lo que sea el hombre dependerá de la información que nos aporten de este. Así, por ejemplo, ciencias como la biología lo entenderá como el resultado de la combinación de una cadena de genes. La química como un compuesto de carbono y oxígeno y así el resto de ciencias. Por tanto, si queremos un saber completo de nosotros mismos tendremos que sumar las distintas perspectivas las cuales, como diría Ortega y Gasset nos dan una visión enriquecida y mientras más perspectivas más completa será la imagen que tengamos. Esta es la visión que ha imperado desde que surgió el positivismo en el S.XIX (aún hoy sigue presente en el neopositivismo y en la nueva filosofía de la ciencia) y que ha dado lugar al cientificismo actual. Para Foucault, este enfoque hace que el ser humano sea visto como un compuesto. Esta idea le valdrá la etiqueta de estructuralista, etiqueta que rechazó varias veces a lo largo de su vida. 

Extenso documental que nos acerca al pensamiento de M. Foucault. (Subtitulado al español)

 



Las ciencias humanas son saberes novedosos porque abren un campo epistémico nuevo ya que no van a estudiarlo como un ser que, desde los albores de la humanidad, trabaja, habla y vive. Puesto que, como acabamos de ver, de eso se encargan las ciencias positivistas. No van a ser una prolongación de estas ni sus herramientas, no las podemos colocar a continuación de ellas, sino más bien, a su lado. Lo que van a hacer estas ciencias nuevas es estudiarlo como aquel ser peculiar que forma la representación de su existencia. No se encargan, como dice Foucault, de hacer un estudio de lo que el hombre sea de un modo objetivo, sino que lo que hacen es un análisis de aquello que hay entre su positividad (ser vivo, ser trabajador, ser parlante) y aquello que le hace saber qué es la vida, el trabajo y el lenguaje. Así, por ejemplo, no estudiarán al lenguaje como característica propia humana que conforma su existir y mentalidad sino que lo que van a investigar es a ese ser que se representa al hablar, que configura su existencia y es capaz de hacer elecciones y predicciones sobre sus acciones. Facultad que no poseen los animales y que nos hacen destacar como especie. Acabamos de decir que se sitúan al lado de las ciencias positivas. Esto quiere decir que existen gracias a que existen las matemáticas, la química, la biología, la economía y la filología. Además, y con lo ya dicho sobre su peculiar forma, podemos adivinar que su metodología tampoco va a seguir el esquema clásico positivista. Las ciencias humanas van a ser rigurosas y exactas en sus análisis pero no van a establecer un discurso formalizado tal como lo entiende la ciencia al uso. 

-Pero aún no hemos respondido a una pregunta fundamental y a la que a estas alturas todos se habrán preguntado ¿Cuáles son estas ciencias humanas de las que el pesado del blogger habla sin parar?- Las ciencias humanas son tres: La historia, el psicoanálisis y la etnología. Pero pueden ser vistas como una ya que conforman una especie de triada puesto que las fronteras que las limitan no están definidas y se interrelacionan influyéndose unas sobre otras. Pasemos ahora a analizar lo que estudian estos nuevos saberes.

Ya vimos en entradas anteriores que el estudio arqueológico nos mostraba que la visión tradicional del tiempo, al modo que lo concebía Hegel y el idealismo alemán, estaban equivocados ya que los “grandes relatos” de la humanidad no existen (estos, también conocidos como metarrelatos, son aquellas teorías que prevén que gracias a la razón y al dominio de las condiciones de vida que esta trae consigo como el desarrollo tecnológico y/o económico, un final de carácter utópico para la especie humana donde nos emancipamos y vivimos en paz y armonía. Así lo sería, por ejemplo, el marxismo ya que auguraba un futuro mejor para el ser humano). La historia ya no será aquella que diga al hombre que su paso por el mundo sigue un curso lineal y uniforme basado en el progreso, ya no hay discursos que le hablen del principio y del fin como lo hacen los metarrelatos. Ya no hay Historia en mayúscula y singular, ahora hay historias, en minúsculas y en plural. El hombre, en este sentido ha sufrido un desarraigo histórico. Foucault dirá que está deshistorizado. Esto significa que no tiene Historia interna. Es decir, no tiene una dirección marcada que deba seguir y que sea igual para todos en todas las épocas (lo dictado por el “gran relato” de la humanidad). Lo que habrá ahora será Historia externa. Ya que no habrá un eje rector que dirija a la humanidad. Ahora somos conscientes de que el hombre es un ser cultural que vive, trabaja y se comunica dentro de una sociedad y que esta cambia con el tiempo y, con ella, él mismo. Nacerán de aquí saberes como el psicoanálisis y la etnología que surgen a raíz de la sospecha y crítica a aquellos grandes conceptos que parecían ya adquiridos y arraigados en la naturaleza humana y que escapan a su conciencia y control como son aquellos que marcan nuestra acción y que ahora nos descubren que no dependen de nosotros. Como la voluntad, el deseo o el ser dueños de nuestras acciones.

El psicoanálisis estudiará la psique humana a partir de la existencia de dos conceptos que considera fundamentales y que articulan decisoriamente nuestra vida y desvelan nuestro auténtico ser: La Muerte y El Deseo -Foucault analiza en esta obra un tercero que es el de “ley”. Pero no aporta más información que la que nos dan estos dos por ello no lo tratamos para que no se alargue esta entrada-. Aunque han existido siempre, hasta el S.XIX no se nos han desvelado sino a partir de nuestro desarraigo histórico ya que cuando somos conscientes de nuestra finitud opera un cambio en nuestra psique; el deseo a la vida reina en estado salvaje y el miedo a la muerte domina obsesivamente nuestro pensamiento. Cuando esto ocurre enloquecemos ya que no encontramos la huella firme que había en épocas anteriores y que nos ligaba a la vida eterna y a la creencia de un mundo superior. Es en este punto cuando el psicoanálisis nos estudia como seres complejos que somos al ser conscientes de nuestra temporalidad. Esto, nos hace únicos como especie, ya lo supieron ver autores como Sartre y Heidegger con su dasein.

La etnología estudiará al ser humano desde la historicidad y del papel que cumpla el individuo dentro del grupo al que pertenece y en el que vive. Por esto, analizará la normalización de sus necesidades biológicas, las reglas que hacen posible la economía y las relaciones de trabajo así como las normas que articulan la estructura lingüística que emplea. La etnología no va a centrarse en estudiar al hombre concreto sino que lo hará sobre esos elementos culturales que conforman su ser y articulan su comportamiento y que, al asumirlos como propios, no los concibe de forma consciente. Estudiará los valores y cómo de estos surgen, por un lado, las normas y leyes que regulan a la sociedad y la moral que lo articula. 

Los análisis de estos dos saberes atravesarán el ser de todas las ciencias indagando y buscando aquellos elementos obviados y que son fundamentales para comprender al ser humano. Hacen que se planteen su metodología y resultados aunque para ello sigan el impreciso camino del inconsciente. En torno al valor positivo de estos saberes y su relación con las otras ciencias Foucault dirá:

“El psicoanálisis y la etnología son más bien “contraciencias”; lo que no quiere decir que sean menos “racionales” u “objetivas” que las otras, sino que las toman a contracorriente, las remiten a su base epistemológica y no cesan de “deshacer” a ese hombre que, en las ciencias humanas, hace y rehace su positividad”
(Foucault, M. Las palabras y las cosas. Siglo XXI. Madrid, 2010P.368)

Para el francés, las ciencias humanas (historia, psicoanálisis y etnología) se unen en la lingüística ya que esta inviste y configura, como sabemos, todas y cada una de las partes que dan lugar a la figura del ser humano. Es el principio de desciframiento primero ya que las cosas, entiende el francés, sólo pueden existir cuando forman parte de un sistema de significado. Es decir, cuando le ponemos nombre –Hasta que no nombramos algo y este nombre es aceptado por la comunidad con su consiguiente significado, este “algo” no forma parte de nuestra vida. Esto puede ocurrir con el término “teléfono móvil” o “celular”, hace unos años no significaban nada estos términos para nosotros y ahora, que nuestro lenguaje los ha asumido otorgándoles un significado unívoco, configuran nuestra vida. Con esto Foucault quiere reivindicar la importancia que tiene el lenguaje y su conexión con el pensamiento y la razón y cómo estos son fundamentales ya que configuran nuestro mundo y la realidad-. Es el nexo de todas las ciencias porque marca nuestro pensar, conocer y actuar. El lenguaje no es una explicación de la realidad, es una percepción de esta porque la constituye configurándonos a nosotros mismos. Por tanto, las cuestiones lingüísticas son fundamentales e imperativas. 

Ya hemos visto cómo este pensador francés nos remite, una y otra vez, a la finitud humana. En literatura la encontrará en los textos de Kafka y Blanchot y en filosofía en los análisis de Marx, Nietzsche o Heidegger que anuncian el porvenir de un nuevo espacio por habitar y la necesidad de que quien lo haga sea un nuevo hombre ya que el que surge en la episteme moderna, la que tenemos en este momento, está condenado a la muerte y a desaparecer porque se agota en su misma existencia. Las palabras y las cosas son la prueba, la explicación y la demostración del avistamiento, en el horizonte cercano, del nacimiento de un nuevo hombre, de nuevos saberes que permitan conocerlo y, en definitiva, de una nueva humanitas.  Foucault es un pensador novedoso porque no pretende recuperar al hombre del S.XX, sumido en una crisis de identidad y existencia, entiende que no hay tal crisis sino que lo que hay es el acabamiento natural de un modelo de humanitas caduco y, que la única salida posible al drama que esto supone es un cambio de mentalidad, de episteme, que nos haga entender que la única solución posible es que surja un nuevo hombre, como ya ha ocurrido varias veces en la historia. Foucault no nos dice cómo debe ser este o qué pasos deba seguir ni a qué problemas se enfrentará, simplemente nos anuncia su llegada y que esta será pronta puesto que podemos atisbar su silueta en el horizonte.  

En esta entrada he querido destacar cómo augura el francés un cambio de episteme y lo que esta implica. Un cambio en la relación del ser humano con la realidad ya que va a operarse un cambio en el pensar mismo que nos llevará a entender la vida y a nosotros mismos bajo un nuevo prisma. Esto supone, por un lado que el ser humano va a desaparecer tal y como lo entendemos pero que va a surgir uno nuevo. Todo esto desde el punto de vista epistemológico (desde el conocimiento) –No significa que vaya a ocurrirnos como a los dinosaurios y que un meteorito acabe con casi la especie y que sólo unos pocos supervivientes deban repoblar la tierra y surja una nueva especie (esta última parte no ocurrió con los dinosaurios, afortunadamente). Ya que lo mismo ha ocurrido en el paso de la Edad Media al Renacimiento o a la Modernidad. Son cambios en la forma de concebir la realidad y en esta época lo que nos va a impulsar a cambiar son las ciencias humanas, de ahí la radical importancia de estas.

Blogger dixit

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